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lunes, 29 de marzo de 2010

Barcelona


Estábamos sentados en un banco de madera, en una plaza del centro. Se giró hacia mí y me dijo que el sonido recortado y algo hueco del aleteo de las palomas era, probablemente, lo que más se acercaba al ruido de la muerte.

Marcelo GRÖINGER; El espía (1913).

martes, 23 de marzo de 2010

¿Plagio?

No me interesa ni Twitter ni Facebook, y poco me importa si fue Facebook el que giró la t o Twitter el que giró la f, pero el parecido no puede dejar de levantar suspicacias.

viernes, 12 de marzo de 2010

Arte plástico y publicidad
















Le nuage rouge de Mondrian (1907) y publicidad del perfume Terre d'Hermes (2009).

O la banalización retroactiva de la obra de arte a través del reciclado de sus formas con fines mercantiles.


jueves, 2 de octubre de 2008

Dejar de contar las horas


¿Cómo haremos para desaparecer?
MAURICE BLANCHOT

Nunca sabré cómo hubiera visto Las horas del día (2003), el primer largometraje de Jaime Rosales, si me hubiese acercado a la película con el más mínimo conocimiento previo. Nunca lo sabré pero aconsejo aún sin saberlo que aquellos que no la hayan visto dejen de leer el artículo.
De todas formas no voy a contar nada revelador ya que no hay nada que contar, de la misma forma que la película se esfuerza por no contar o desespera por dejar de hacerlo. El filme sólo autoriza a contar metraje, es decir, a sumar minutos desde el inicio de éste hasta su fin. Fin que por otro lado es el inicio: los tres primeros planos generales del Prat de Llobregat son, en efecto, los tres últimos. ¿Qué ha pasado en el intervalo? ¿La tenue historia de Abel (Àlex Brendemühl) ha sido? ¿Ha habido relato? No exactamente, pero tampoco ha dejado de haberlo.
La narratividad y su posibilidad van unidas, en Las horas del día, al protagonista. La afasia del filme es la apatía de Abel, su imposibilidad de ser actante. Si su novia le acusa de estar estancado, de absoluta falta de ilusión, es porque su palabra clave siendo capricornio es, como bien nos informa el astrólogo de la radio en el taxi, “relax”. Abel encierra en su persona la relajación de los lazos sensomotores. Una relajación que convierte los cuerpos, el cuerpo fílmico y el del protagonista, en seres incomprensibles y al mismo tiempo inconmensurables. Tanto en el relato como en su protagonista, la tensión, la intención, es substituida por una distensión que convierte el filme en circular y episódico.
Sólo conocemos bien un rasgo del carácter de Abel, tan sólo una especificidad. En el estancamiento, la narración encuentra en el romper, el acabar, su única vía. Frente a la imposibilidad de empezar una historia, pues todas las hemos encontrado empezadas, si bien débilmente estaban todos los hilos ya vibrando, la única forma de avanzar es acabar con estos, romper los lazos que quedaban. El distanciamiento con su mejor amigo, la venta de su tienda de ropa y la ruptura definitiva con su pareja parecen inclinar el plano hacia el fin y arrojar así un poco de luz frente a la imposibilidad de contar: todavía queda intentar dejar de hacerlo.
Pero ya decía Hitchcock que no es tan fácil matar a un hombre. La muerte resulta ser un fardo pesado y correoso y se extiende, también ella se extiende: en un bar toman una copa Abel y su nueva amiga María (Anna Sahún). Quién sabe: su madre, en plena vejez, ha encontrado pareja cuando parecía que ya sólo le quedaba esperar. Mientras Trini (Pape Monsoriu), su empleada, ultima las ofertas de liquidación él se mira los escaparates desde fuera y la cámara lo deja ahí, y vuelve al principio, pero no trazando un círculo sino una espiral, porque algo a habido, aunque se haya intentado que no hubiera nada o que sólo hubiera la muerte.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Matar al hijo (primera parte)

Escribe Héctor Imazio:


Entre los numerosos casos de heterónimos en literatura el del novelista chileno Marcelo Gröinger (1886-) ha sido siempre uno de mis favoritos. Hijo de Joaquín Luna y Carolina A. Méndez, Groinger escribe su primera novela a la edad de diecisiete años. Lo hace en Argentina, tras una aún confusa fuga del hogar familiar provocada, parece ser, por un insalvable desencuentro con su padre.
Pero aunque escribe en Argentina, escribe desde Chile. Muchos han querido ver ese arraigo de la primera novela al barrio de la infancia como un deseo imposible de volver a casa, al hogar, al padre, y desde aquí han querido leer su ejercicio de escritura como el gesto desesperado del adolescente para separarse del ascendente paterno. No creo que sea tan evidente. Se alza la sospecha considerando que en esta primera mitad de siglo que no hace mucho hemos dejado atrás la moda entre exegetas ha sido de explicar las literaturas en oposición al padre o en el proceso de liberación del autor del influjo de aquél. [...].
En todo caso y en lo que aquí concierne, la primera novela de Gröinger resulta interesante por muchos otros motivos. En efecto, en El tedio en el vecino (1903) se encuentran ya las claves de toda la obra literaria del chileno. Pese a un estilo a la vez enérgico y amanerado, por no hablar de una escritura tosca o directamente de una mala prosa (como, por otro lado, será siempre la suya) se encuentran en esta pequeña novela ideas revolucionarias para la época. El relato describe en tercera persona la vida de Javier Lima. Una vida que, si al iniciar la lectura se nos antoja misteriosa o emocionante o ya tan sólo interesante, resulta ser insípida, banal, aburrida. Como todas las vidas. La novela nos acompaña en un viaje hacia el otro, hacia el desconocido, hacia el protagonista por descubrir. Pero nos acompaña hasta sus últimas consecuencias, hasta el descubrimiento del otro como falso desconocido, como el otro en mí, como yo en fin. Sin embargo, el gran coup de théâtre del relato (y muchos atacaron a Gröinger por ello) aparece en las tres últimas páginas, donde la voz de la narración, que no se había hecho sentir como tal hasta el momento, se encarna en una manifestación concreta, en un cuerpo. De súbito, el lector descubre que no se trataba de una narración en tercera persona sino el relato de una observación o una observación relatada que cuestiona la oposición entre voz en tercera y primera persona, [...] la primera persona del narrador había decidido prescindir del yo para enunciarse: no tenía necesidad, no quería hablar de sí mismo.
Marcelo Gröinger parece buscar, con tan solo diecisiete años, su posición en la narración. En efecto, el vecino ocioso del título que durante la mayor parte de la obra identificamos con Javier Lima, podría, al contrario, ser la voz que narra, es decir, el vecino, el prójimo, no ser él, sino ser yo. Y aún, esta voz que narra, una voz sin marcas de enunciación, que se esfuerza por borrarse a sí misma (diremos la voz “objetiva” del grueso de la novela) pero que se adjudica al fin a un sujeto (aunque sin atributos pero ya volveremos sobre esto), podría ser perfectamente la del propio Groinger. O la del individuo que se oculta tras el heterónimo.

Aquí acaba lo que he podido encontrar en Internet del artículo de Héctor Imazio. Puesto que del texto se desprende que éste es un fragmento de uno mayor, he rastreado el origen. Parece ser la transcripción de la versión del artículo aparecida en una revista chilena (titulado Matar al hijo). Me ha parecido entender sin embargo que es la traducción del original que estaría en inglés, lo que explicaría algunas partes confusas (el final del segundo párrafo por ejemplo). Desconozco en cambio si la alternancia de la diéresis sobre la “o” de Gröinger es debida a la traducción al español o a la transcripción para Internet. Espero salir de dudas en breve: hace unos días encontré en eBay un particular con un ejemplar de la revista y ya lo han enviado.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Rendre à Cesar

Ayer estuve hasta tarde escribiendo la anterior entrada. Ya en la cama, para coger el sueño, leí un rato El mal de Montano. Quizás por eso haya soñado esta noche que rescribía Dar al César de Marguerite de Yourcenar. Estaba entusiasmado con esta obra dramática así que decidía volverla a escribir yo mismo, pero cambiándola, pensaba, cambiándola.
No obstante, ahí me descubría, con el librito abierto a mi izquierda y el ordenador a mi derecha cogiéndome a mí mismo en flagrante delito de plagio. Todos los cambios se reducían a pasar la historia de la Italia de Mussolini, a la España de Franco (Francisco, no Jesús, se entiende) modernizando un tanto el lenguaje por el camino.
A las pocas horas, cuando ya estaba terminando mí tarea de escritor (de copista) me hacía notar a mi mismo que por eso podía ir a la cárcel, y me preguntaba, ¿por qué no lo has escrito en forma de novela en vez de hacer una obra dramática? Se me olvidó, me respondía. Y aún yo me contestaba, mete algún cambio para disimular, anda. Y yo claro, solícito conmigo mismo, decidía saltarme la penúltima escena y buena parte de la última (ahora me doy cuenta que así sucede en Vampir-Cuadecuc). Hm, está bien, no sé si nos van a pillar, por suerte hemos cambiado el final.
Por otro lado, en mi vida he pasado de la decena de páginas de Rendre à Cesar (Dar al César), de Marguerite de Yourcenar.

Va de vampirs

Cito verbatim a Rosario Girondo, matrónimo del narrador que escribe un diario personal que resulta ser El mal de Montano, la novela de Enrique Vila-Matas: “lo que voy a contar puede parecer una coincidencia muy curiosa o una casualidad muy casual”.
Digo que cito pero ni siquiera sé si estoy citando al narrador, inventado por Vila-Matas, que utiliza el nombre de su madre para escribir un diario personal, o al propio Vila-Matas que utiliza el matrónimo de un narrador indefinido para escribir un diario personal. Puedo intuir sin embargo que poco importa. Pensará el lector que, sea quien sea, no dejo de citar a Vila-Matas que estará al final de la cadena de voces impostadas. Pero es que es El mal del Montano un diario-novela atravesada por lanzas literarias, una novela llena de agujeros que abren al más atrás, que buscan desesperadamente el orígen, huecos que abren a otras voces donde el propio Vila-Matas se convertiría por momentos en un muñeco, un ventrílocuo que recita Hamlet, animado por Shakespeare, claro. Shakespeare impostando la voz de Hamlet impostando la voz de Vila-Matas impostando.
Sea cual sea la identidad de quien nos habla, de quien se dirige a nosotros dirigiéndose a su diario íntimo, lo cierto es que Rosario Girondo, que nace como Enrique Vila-Matas en 1948 en Barcelona, confiesa parecerse peligrosamente a Christopher Lee cuando hace de vampiro. Debe querer decir Rosario que se parece al Conde Drácula cuando lo interpreta el individuo Christopher Lee. En fin, es el mundo de Rosario un mundo de parecidos, como el de su mejor amigo, Felipe Tongoy, la viva imagen de Nosferatu.
Un inciso.
Estoy sentado en el sofá escribiendo estas líneas. Entretanto voy echando un ojo a una serie, no muy interesante pero entretenida, Moonlight, de vampiros. (Un poco reaccionaria). (Espero ansioso True Blood).
Leo estos días El mal de Montano. Leo sobre Nosferatu y sobre Christopher Lee y, fíjate qué coincidencia más curiosa o qué casualidad más casual que, hoy, me he encontrado a éste último. Estaba allí, en la pantalla, el fantasma-Lee que interpretaba al fantasma-vampiro y que acababa convirtiendo al Conde Drácula en, como mínimo, un fantasma al cuadrado, la apariencia de una ilusión.
A Lee lo he conocido en Vampir-Cuadecuc (1970), de Pere Portabella. Interpretaba por enésima vez a Drácula, en esta ocasión en una película de Jesús Franco que se rodó en Barcelona. Mientras Franco, Jesús, filmaba su película, Portabella y su equipo rodaban el rodaje para recrear la historia de nuevo, para hacer su propia película revelando en el mismo movimiento todos los trucos del género. Pese a todo, el filme no se agota con ese desvelo, con esa insistencia en romper la ilusión mostrando sus entrañas, sino que coquetea con el juego de espejos infinito cuando vampiriza una película que vampiriza la novela de Bram Stoker que a su vez se apropió de una leyenda popular sobre Vlad Tepes, el empalador, en su tiempo una persona de carne y hueso y ahora como máximo un personaje de carne y hueso. Y aún, el filme, no agota ahí toda la sangre que puede ofrecer, porque lo que parece proponerse por debajo de sus imágenes alucinadas es la relación entre el vampirismo y la imagen. Aunque no voy a seguir por aquí hoy. Mi intención era tan solo poner de manifiesto la relación azarosa que se ha establecido entre una novela y una película, una relación que se ha establecido gracias a mí y en mí y por mí.
Yo mismo soy el hilo. Yo soy la relación.
Me despediré de la película apuntando lo angustioso que resulta siempre ver una película de Pere Portabella. El caso que nos ocupa, Vampir-Cuadecuc, es una película de imagen y de textura, una película de contemplación. Tiene tanta fuerza que el celuloide se apropia del espectador, lo hace desaparecer en el material, sume al espectador en el arrebato (¿Otra película de vampiros?). Aunque si digo que es angustioso es más bien por las interferencias de lo inteligible en lo sensible y de lo sensible en lo inteligible. He esbozado muy sumariamente los temas que toca el filme para más adelante defender que el espectador se pierde sin mucho esfuerzo en sus formas que devienen por instantes abstractas. Lo angustioso es entonces la apelación intelectual que hace el filme al espectador cuando éste sólo querría abandonarse a lo sensible. Por el contrario, cuando éste consigue montarse en una veta interpretativa, la ansiedad la provoca la imposibilidad de seguirla por la irresistible llamada de la belleza de lo sensible. Ya lo dije en su día en relación a El silencio antes de Bach (2007), en Portabella lo bueno y lo bello, lo sensible y lo inteligible, se cortocircuitan constantemente.
Me despediré de la novela preguntándome por qué en una novela sobre la voz y el origen Enrique Vila-Matas se obsesiona tanto con los parecidos. ¿Estará también haciendo referencia a la relación entre el vampirismo y la imagen? ¿Qué hay de vampírico en el o lo parecido? Y por último pero no menos importante, salvando las edades, ¿quién se parece más a Christopher Lee, Enrique Vila-Matas o Josep Maria Català?

martes, 19 de agosto de 2008

¿Tienes financiación? (2)

Todo eso me contó. Que habían conversado en el tren llegando ya a la estación, que más tarde había oído la noticia en la radio o la había leído en el periódico. O que quizás la había visto en la televisión, no puedo asegurar si era él o soy yo quien lo ha olvidado. En todo caso me la dijo citando. Falsamente claro. Dando a entender que, aunque no fuera exactamente eso lo que habían dicho, era más o menos eso lo que habían dicho e incluso bien podía ser exactamente eso.
Luego añadió que la chica llegaba tarde.

- Me dijo que llegaba tarde.

Resulta que el tren había salido con un cuarto de hora de retraso. Según me contó ella se dio cuenta llegando ya a la estación, era poco probable que le diera tiempo a coger el AVE que la llevaría a Madrid donde, siempre según lo planeado, cogería el vuelo hasta Nuakchott para luego ir hacia el campamento en las cercanías de Oulata. Te das cuenta, me dijo despegando la espalda de la silla para acercarse, que esa chica puede haber y puede no haber estado allí. Y luego, si se escapó, si no llegó a coger el tren y por lo tanto no llegó a vivir el punch, me pregunto cómo habrá dormido. O más bien qué habrá pensado en la cama, justo antes dormirse, sin poder hacerlo. Me pregunto si se habrá podido quitar de la cabeza una cosa que no ha pasado y que se pega a la piel como si lo hubiera hecho. Que se pega a la piel como si lo hubiera hecho, eso me dijo. Luego nada. Discutimos un poco sobre fútbol y otras banalidades que no merecen atención alguna.

martes, 22 de julio de 2008

Abstracciones y figuración


Retomando uno de los ejemplos de mi compañero quisiera llamar la atención sobre un dato para todos aquellos que, como yo, son incapaces de entender a qué juega Kiss. No habrá solución en estas líneas (quizás algún lector fanático quiera aclararnos de qué van disfrazados) sino que voy a comentar un detalle que no hará más que sumar extrañeza a la extrañeza.

Después de observar sus fotos con moderado detenimiento he llegado a dos conclusiones, la primera no demasiado firme, la segunda sí. Primero diríamos que van disfrazados de pesadilla, no sé si de pesadilla en general o de la pesadilla del estéta o de la pesadilla del buen gusto, pero de pesadilla al fin, pesadilla indefinida, extraña, que se teme porque no se comprende, porque está en el margen, del payaso pesadillesco o del payaso a secas que viene a ser lo mismo. Pesadilla abstracta entonces que nos lleva a la segunda consideración, esto es, que sus máscaras o sus disfraces no pretenden mimetizar ningún elemento de la vida cotidiana sino justo lo contrario, introducir no ya lo improbable ni lo imposible, sino un posible inesperado, introducir lo que queda fuera, el sueño que queda fuera. Ahí entiendo o intento entender esa lengua que baja, que se alarga más de la cuenta debido a que, según me contaron, yo no tengo ni idea, se cortó el frenillo.

Y ahí va la observación: si nos fijamos, los dibujos en sus rostros no simulan nada, son simplemente formas que los recrean en nada. Salvo uno. Uno va de gato. Es un gato. Es un gato con sus bigotes de gato y su hocico de gato y sus ojos de gato y su mirada de gato y los otros parece que no se han dado cuenta que hay uno que va de gato o que es un gato, y a lo mejor si se han dado cuenta y hacen como que no lo ven pero están tristes porque todo el juego del disfraz de nada o de miedo o de payaso se ha ido a la mierda porque hay uno que va de gato. En el caso que sea así, en el caso que los demás lo sepan y que el de la lengua lo sepa y el de gris sombreado lo sepa y el de los labios pintados de rojo que hace morritos, así, sacándolos hacia fuera, porque cree que si se llaman Kiss debe de haber alguien que lo haga y él, con gusto, se presta, en el caso que el de morritos Kiss lo sepa digo, en ese caso, en el caso que lo sepan todos, puedo imaginarme el principio de todo, la primera vez que se pintaron sin saber que esa chorrada les iba a llevar a alguna parte.

Yo me cortaré el frenillo de la lengua y la estiraré mucho, dice el primero, y me pintaré los ojos en forma murciélago, todo muy negro, muy oscuro, y me haré un pico negro en la frente, como si fuera el conde Drácula, añade pensando que Vlad Tepes, el empalador, tenía un pico en la frente cuando seguramente tan solo tenía entradas. Pues yo me pintaré los labios grises, dice el segundo que no es muy imaginativo y que está tratando de no copiarse o de copiarse con elegancia y disimulo, y además me pintaré los ojos en forma de cuervo, pero no muy negro, sólo sombreado. Yo me pintaré los labios de rojo y me haré una forma en el ojo derecho, ya veré el qué, aún no lo he decidido, dice el tercero. Y el cuarto, alegando que él es mucho más visual, dice que prefiere pintarse y a ver que sale, porque total, si tiene que salir algo abstracto, algo pesadillesco, más vale improvisar directamente sobre el lienzo, que no es un lienzo sino que es su rostro pero que él llama lienzo para hacer una broma o para parecer culto o para dárselas de ingenioso. Ya veréis, concluye.

Puedo imaginármelos, los cuatro, pintándose juntos, llamándose la atención mutuamente, diciendo mola, o está guay, o cualquier cosa rápida porque en realidad lo que quieren es que les miren a ellos, lo que ellos se están pintando, su disfraz. Y al rato acaban. Los imagino mirándose, felicitándose hasta que llega el turno de felicitar al cuarto, el que iba a improvisar la abstracción, y deciden ser sinceros con su amigo y se lo dicen, que es un gato, que se ha pintado de gato, que se ha disfrazado de gato y que ese no era el trato sino que se debían de pintar de algo indefinido. El cuarto, claro, al principio se resiste y afirma que no es un gato, que no va de gato, que en todo caso da la casualidad que los gatos se parecen a su disfraz pero que en ningún caso él se ha copiado de un gato. Luego se echa un rápido vistazo al espejo y el gato dice que el de los labios rojos se ha pintado una estrella, que eso no es abstracto, y que el segundo se ha copiado del primero, y que ha dicho alas de cuervo en los ojos para disimular y no decir alas de murciélago, pero que está claro que eso son alas de murciélago mal dibujadas. Entonces los demás se miran entre ellos y le dicen que tiene razón, que se parece a un gato pero que sin duda no es un disfraz de gato y que además, en el caso que lo fuera, no pasaría nada, porque los gatos también pueden ser muy pesadillescos.

Esto se está yendo de madre.

lunes, 14 de julio de 2008

Síntomas

En primavera de 2002 Raúl Jiménez explicaba medio riendo, en el vestuario de una piscina municipal a las afueras Sant Fruitós de Bages, que él también había conocido a aquel chico apodado el Furia. Había sido varios años atrás, aún en el instituto. Raúl contaba que solía verlo en problemas a la hora del recreo o a la salida, pero que nunca en clase pues ese Furia era menor e iba a otro curso. Uno de esos días, vaya uno a saber por qué, Raúl había decidido interrumpir la paliza o la madriza o la Patum, tal como les gustaba decir, no sin un deje de festividad, a los que se la propinaban, sus compañeros de clase. Raúl entró en el corro, dio un par de empujones y aprovechando su tamaño pero sobretodo su mayoría de edad ordenó que se disolviera, que dejaran de patear al pobre chaval que seguramente ya había entendido lo que tuviera que entender. Cuando el Furia notó que arreciaba la lluvia de patadas se levantó de un salto con un gesto rápido y nervioso, y soltó un “i a tú que et passa fill de puta!” o un "vols osties fill de puta?", aunque probablemente gritara simple y llanamente "fill de puta!". Se lo decía a Raúl que por otro lado ya se había girado y se iba hacia su casa. En el vestuario del gimnasio Raúl Jiménez tan sólo añadía, para acabar la historia, que autorizó a que le siguieran pegando si querían, que por él no se cortaran, cosa que los demás chicos hicieron, y eso se notaba, con mucho placer pues les parecía que el chaval se lo había merecido.
De hecho, esa siempre fue la coartada para sus compañeros de clase. El tal Furia, chico bastante hiperactivo, hacía cosas extrañas. No era inusual, por ejemplo, que lanzara improperios y obscenidades (sobretodo improperios). Éstos normalmente eran dirigidos, es decir, no imprecisos ni lanzados al aire, sino personalizados para aquellos que luego se verían con el deber de celebrarle una Patum. Siempre con ayuda, claro.
El tal Furia era un marginado.
En marzo de 2008 Furia tuvo una hija, pero ya nadie le llamaba Furia.

El 12 de abril de 1974, unos veinte años antes de aquella paliza y unos treinta antes de que Raúl Jimenez la contara en el vestuario de un gimnasio, el reportero Bernardo de la Maza, ex conductor del noticiario de Televisión Nacional de Chile, realizaba una entrevista a Agustín Gerardo Arenas Cardoza, chico de 14 años que se dejaba llamar, con placer no confesado, el Super Taldo, superhéroe de las historietas que él mismo dibujaba y que a su vez tomaba el nombre de un amigo y vecino, Hugo Montaldo. De la Maza aparece en el reportaje tranquilo y serio. Arenas Cardoza aparece en el reportaje inteligente y cabal par su edad. No obstante, Arenas Cardoza no puede reprimir lanzar insultos, palabras soeces y realizar sonidos guturales con espasmos musculares (sobretodo sonidos y espasmos). De la Maza no consiguió que el video se emitiera por la Televisión Nacional de Chile debido al lenguaje inapropiado que utilizaba el chico. Cerca de veinticinco años más tarde el video fue descubierto gracias a una filtración de los archivos de la televisión y subido a Internet donde se hizo rápidamente popular.
Este es el video.




En 2004 un programa de la televisión de la Pontificia Universidad Católica de Valparaiso (UCV Televisión) dio con el paradero de Agustín Gerardo Arenas Cardoza o el Super Taldo, que ya recuperado tenía familia, una hija y un trabajo en una empresa de empaquetado.

Doscientos años antes, en 1825, el médico Jean Marc Gaspard Itard describía, para probar el buen funcionamiento de su método para reconducir el comportamiento, el caso de la Marquise de Dampierre. Según Gaspard Itard la tal Marquise de Dampierre era conocida en los círculos de la alta sociedad francesa por emitir sonidos guturales y gritar insultos e obscenidades (sobretodo obscenidades) a sus amigos de la élite.
Nunca se le permitió a Jean Marc Gaspard Itard tratar a la marquesa. Sin embargo en 1985, sesenta años después, el neurólogo Gilles de la Tourette con la ayuda de su profesor Jean-Martin Charcot utilizaron el caso de la Marquise como base para su “maladie des tics”. Lo curioso del caso es que de la Tourette no llegó nunca a tratar a la marquesa. Contrariamente a lo que se creyó durante un tiempo tampoco lo hizo su profesor, si bien de la Tourette afirmó que Charcot la había visto en una ocasión. En efecto, Jean-Martin Charcot la reconoció un día mientras esta subía una escalera blasfemando. A decir verdad todo el trabajo de Gilles de la Tourette se basó en las notas que tomó Gaspard Itard años antes, salvo por ciertas actualizaciones gracias a los obituarios de la Marquise de Dampierre.
La citada “maladie des tics” fue bautizada por Jean-Martin Charcot como El sindrome de Tourette, en honor a su alumno y colega. Se trata de un trastorno neurológico que cursa tics motores (espasmos musculares) y tics verbales, sobretodo ecolália y en menor medida coprolália. La ecolália consiste en la repetición involuntaria de una palabra o frase pronunciada por otro o por uno mismo, así como el curso de sonidos vocales involuntarios, gritos o sonidos guturales por ejemplo. La coprolália (del griego copro que significa excremento y de lalia que significa hablar o charlar, es decir, del griego balbucear mierda) se refiere a la tendencia patológica a proferir obscenidades, aunque se puede considerar también cualquier palabra o frase inapropiada.
No todas las personas que sufren Síndrome de Tourette padecen otros trastornos además de los tics. Es no obstante común que estos vayan acompañados de problemas adicionales como trastornos obsesivos-compulsivos, déficit de atención, dificultades para el aprendizaje, de lectura, de escritura, aritméticos y perceptúales, así como diversos trastornos del sueño.
La dificultad se encuentra en el diagnóstico, que no puede realizarse a través de pruebas de laboratorio. En realidad, en la mayoría de los casos, los síntomas se aducen por error a algún trastorno psicológico. Lo mismo sucede con familiares, amigos y entorno en general agravando así el aislamiento de quienes sufren el trastorno. No es de extrañar que la enfermedad añada además problemas laborales y sociales.

A pesar de lo dicho hasta aquí no debe entenderse este blog como un espacio de medicina. El texto no hablaba de medicina, como tampoco de historia. De lo que se trata es de decir lo que nos venga en gana. No para ser políticamente incorrectos, transgresivos, o críticos con la sociedad o con el poder. No. No va de valiente denuncia la cosa, del coraje del escritor anónimo que se quiere temible en su casa tecleando con calma, con una cerveza y unas patatitas. Lo que nos venga en gana es decir negro y que te digan blanco con total impunidad. Y sobretodo decir blanco y luego decir negro, afirmar con tranquilidad una cosa y su contrario. La intención es crear un cuadro, un marco donde no se tenga apenas respeto por las ideas de los otros, aunque tampoco por las propias, que es a la vez tener el máximo respeto por las ideas o por lo que éstas son. Porque las ideas están ahí para ser debatidas, rebatidas, matizadas, puestas en duda sistemáticamente. Respetemos a las personas entonces pero argumentemos a favor o en contra de las ideas.
El proyecto es crear un espacio de debate donde tengan cabida intereses diversos y que estos dialoguen entre ellos. Así se hablará aquí de cine, televisión, teatro, artes plásticas, literatura, música, o simplemente no se hablará en absoluto y se colgará una fotografía o un video, que para algo esto es un blog en la red y no una revista impresa.

Y quizás, lo primero que deberíamos hacer mis tres compañeros y yo, es acercar el cursor a la palabra blog, clicar el botón derecho y apretar sobre “agregar al diccionario”. Luego hacer lo mismo con la palabra clicar.