Maldito sea ese ruido, se dice Juan. Maldito y tres veces maldito. Es el viento lo que hace crujir la ventana, como si estuviera a punto de romperse de un momento a otro. Entre los cristales y la madera, por ahí penetra el aire helado de la noche. En la habitación hace frío. Dos veces se ha tenido que levantar de la cama para asegurar la ventana, porque le parece que en cualquier momento puede abrirse y dejar entrar la tormenta que se cierne sobre la ciudad. Intenta pensar en otra cosa pero no puede. Piensa que si se queda dormido y entonces se abre la ventana, se despertará en medio de la noche, sobresaltado y confuso y puede que mojado, y que durante unos instantes no entenderá nada. Imagina que en esos momentos el miedo se apoderará de él y que rápidamente saltará de la cama y cerrará la ventana. Por un instante el viento cesa y Juan se tranquiliza. Ya no tiene sueño. Se incorpora y a oscuras busca el paquete de tabaco que tiene sobre la mesilla. Enciende un cigarrillo y se dirige hacia la ventana. Seguro que en el centro de la ciudad la gente no es consciente de la tormenta que se encamina hacia ellos. Al abrigo de los altos edificios, los efectos del viento no se notan. En cambio, en el edificio de Juan situado en las afueras, solitario sobre una loma que observa la ciudad, el viento empuja como si quisiera derrumbar las paredes para penetrar en el interior. Cerca de allí se escucha el golpeteo incesante de unas contraventanas abiertas. Plac, plac, plac. Los golpes secos molestan a Juan. Alguien se ha ido de casa y la tormenta le ha sorprendido fuera. Puede que en estos mismo momentos, ese alguien esté enfilando la cuesta que le lleve de vuelta a la seguridad del hogar, andando encorvado para protegerse del viento que vuelve a arreciar. Tendrá prisa, llevará un largo abrigo e irá cargado con las últimas compras del día. A Juan le parece ver una sombra que se mueve a lo lejos en la callejuela que serpentea entre los edificios. La lluvia empieza a caer, primero suavemente sobre los cristales y, tras unos instantes de duda, con más fuerza. Cae de forma rítmica, no es constante, sino que como si del mar se tratara, llega a la ventana por oleadas. A Juan le recuerda vagamente a un reloj al que se le está acabando la pila. Duda un instante si abrir la ventana y salir al estrecho balcón. Tiene miedo que la tormenta se lleve las macetas vacías que hay en el suelo. Son de barro y tienen un peso considerable, pero aun así, Juan teme por ellas. Finalmente, tras apagar el cigarrillo, aparta un poco las cortinas y abre la ventana de par en par. La lluvia entra en el dormitorio y le moja la cara y los brazos desnudos. Da un paso al frente y se apoya en la barandilla. En pocos segundos tiene el pelo mojado. Juan piensa que se resfriará si permanece mucho tiempo en el exterior. Recoge las macetas y, una a una, las va dejando en el interior del dormitorio. Antes de cerrar lanza una mirada al horizonte, más allá de la ciudad, allá donde él cree que está el ojo de la tormenta. Ya vienes, piensa Juan.
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domingo, 17 de octubre de 2010
martes, 23 de febrero de 2010
lunes, 6 de octubre de 2008
Abel
Abel nació con el labio leporino. Como hiedra trepadora el labio superior se le enroscaba en la nariz formando un pequeño remolino que dejaba al descubierto las rosadas encías. Su madre solía decirle que tenía la sonrisa incompleta más bonita del mundo mientras le alimentaba con una cucharilla de plástico. Su malformación le impedía mamar de los pechos de su madre para obtener la leche. Abel decía que el primer recuerdo que conservaba era el de su madre utilizando el sacaleches, ella sentada en una silla de plástico en la cocina con un pecho asomando y él delante suyo en la trona de altas patas. Abel creció y se hizo hombre obsesionado con los pechos femeninos. Era lo primero en lo que se fijaba cuando miraba a una mujer o sería mejor decir que él no veía más allá de ellos. Cuando paseaba por la calle tapado con una bufanda para proteger su labio deforme de las miradas de burla, asco o conmiseración, sus ojos no se levantaban del todo, se situaban a la altura del pecho para barrer las calles en busca de senos. Cuando encontraba unos que le gustaban aminoraba la marcha y los observaba desde una distancia prudente, sin acercarse del todo, luchando con el irrefrenable deseo de descubrirlos ante sus ojos y palpar los pezones con las yemas de sus dedos. Entonces echaba a correr hasta su casa, se encerraba en su habitación y se masturbaba intentando rememorar el momento. Abel tenía treinta años y era virgen. Trabajaba de vigilante nocturno en la perrera municipal. Era un trabajo solitario pero los perros le hacían compañía. Su madre le había dicho que no se encariñara con los animales pues pronto serían sacrificados pero para Abel eso era muy difícil. Durante sus rondas nocturnas se paraba delante de las jaulas y los acariciaba con un dedo a través de la reja. A veces sacaba a los más pequeños y jugaba con ellos, la ternura con que brillaban los ojos de los cachorros le hacía llorar de pura tristeza al pensar en cual sería su futuro si alguien no los sacaba de allí.
Una noche cuando se encontraba en la garita de la perrera alguien llamó al timbre. Lo que solía hacer en estos casos era quedarse muy quieto en su sitio y dejar que pasara el tiempo hasta que el intruso se fuera. Pero esta vez fue diferente, el visitante se pasó más de media hora llamando al timbre por lo que Abel por primera vez tuvo que ir a abrir la verja. Se puso la bufanda protectora y se dirigió hacía la entrada de la perrera con poca convicción y menos ganas. Al abrir la puerta Abel se encontró delante de una jovencita de rostro enojado o al menos eso es lo que vió después, porque en un primer momento lo único que pudo ver fueron los pechos más bonitos que jamás había contemplado. Cayó de rodillas fulminado allí mismo por tan bella visión y los ojos se le llenaron de lágrimas. Reía y lloraba al mismo tiempo. La joven le estaba gritando pero a él no le importaba. Esos pechos le cegaban, le quemaban las retinas, le hacían hervir la sangre y le paraban el corazón, pero, ay, ese dolor era tan placentero. Bajo el jersey de lana habitaba la culminación de su búsqueda. Estaba enamorado.
Whitesnake - Is this love (1987)
Una noche cuando se encontraba en la garita de la perrera alguien llamó al timbre. Lo que solía hacer en estos casos era quedarse muy quieto en su sitio y dejar que pasara el tiempo hasta que el intruso se fuera. Pero esta vez fue diferente, el visitante se pasó más de media hora llamando al timbre por lo que Abel por primera vez tuvo que ir a abrir la verja. Se puso la bufanda protectora y se dirigió hacía la entrada de la perrera con poca convicción y menos ganas. Al abrir la puerta Abel se encontró delante de una jovencita de rostro enojado o al menos eso es lo que vió después, porque en un primer momento lo único que pudo ver fueron los pechos más bonitos que jamás había contemplado. Cayó de rodillas fulminado allí mismo por tan bella visión y los ojos se le llenaron de lágrimas. Reía y lloraba al mismo tiempo. La joven le estaba gritando pero a él no le importaba. Esos pechos le cegaban, le quemaban las retinas, le hacían hervir la sangre y le paraban el corazón, pero, ay, ese dolor era tan placentero. Bajo el jersey de lana habitaba la culminación de su búsqueda. Estaba enamorado.
Whitesnake - Is this love (1987)
viernes, 26 de septiembre de 2008
El abuelo y el salchichón
En general no me gustan mucho los anuncios que echan por televisión. Los miro la mayoría de las veces con el rabillo del ojo más pendiente de otra cosa en la que ocupar los diez minutos, puede que cinco puede que dos, que interrumpen lo que esté siguiendo. ¿Realmente interrumpen los anuncios a la programación o es a la inversa? Es igual, la cuestión es que en mi casa no tenemos mando a distancia por lo que la mayoría de veces, lo que en realidad quiere decir siempre, miro los anuncios. En los últimos días he estado mirando la televisión más de lo habitual. No sé el porqué pero me ha llamado poderosamente la atención un anuncio de “Casa Tarradellas”. Puede parecer ridículo y puede que lo sea. El anuncio, en realidad hablo un poco de memoria y por tanto no daré detalles que serian inexactos y podrían confundir. Lo he estado buscando por Internet pero no lo he encontrado. El anuncio nos muestra lo que es habitual en la casa de fuets, pizzas y mixtos. El campo, una masía, un niño o niña y su correspondiente abuelo o abuela. Pero esta publicidad es diferente. Lo que me llama la atención de éste es la tristeza que destila, cosa que podría no desentonar con la típica postal bucólica de la masía a la que nos tienen acostumbrados. El hecho es que durante esos veinte segundos nos podemos dar cuenta que la relación entre el pequeño del anuncio y su abuelo es de lo más íntima y emotiva, cuasi ejemplar diría yo. Lo curioso y destacable creo, es que el chaval recuerda la voz de su abuelo, en realidad nunca escuchamos la voz del anciano. Es extraño ya que Tarradelles suele utilizar la voz de la experiencia, la voz de las cosas “como antes” para sumar un plus de autenticidad a sus productos. Pero en el anuncio el niño “hace” la voz de su abuelo. ¿Y por qué la hace? Evidentemente, o eso me parece a mí, porque el abuelo ha fallecido ya y lo que hace el pequeño es recordar aquellos tiempos cuando iba a visitarlo. Eso hace que lo veamos desde una perspectiva que lo vira todo. Lo que vemos en realidad puede que nunca sucediera, puede que lo que vemos solo – ¿solo?- sean los recuerdos del nieto. La imagen que tenía de su abuelo muerto. Como digo no miro mucho la televisión y no estoy al tanto de los anuncios, pero a mi me parece una pequeña joya de la publicidad, cómo contarnos en menos de medio minuto una pequeña historia no por breve menos emotiva. Evidentemente no entro a valorar si es correcto vincular los fuets con la memoria de los abuelos desaparecidos, eso juzgadlo vosotros. También puede ser que todo sean imaginaciones mías y que en realidad se trate de un anuncio de salchichón más.

martes, 16 de septiembre de 2008
Three men and a baby
En el interior del texto “El remake cinematográfico y la comunicación intercultural” de Concepción Cascajosa se compara una ligera comedia francesa llamada Trois hommes et un couffin con su remake hollywoodiense Three men and a baby. Las diferencias entre las dos películas, que distan dos años en el tiempo, son notables. Ambas reproducen el mismo argumento básicamente pero tienen un tratamiento diferente. Las situaciones incómodas que se planteaban en la versión francesa se convierten en un cándido optimismo típicamente norteamericano. Uno de los principales temas de la primera versión era la de cuestionar el papel de la masculinidad ante la crisis de los roles tradicionales, mientras que por el contrario en la versión yankee la masculinidad de los protagonistas sale reforzada. Éste es un típico caso de lo que la industria del cine norteamericana viene haciendo últimamente. Ante la crisis de ideas que asola Hollywood los productores van a la búsqueda de ideas novedosas en otras cinematografías ajenas a la suya. Buscan un guión con alguna idea curiosa para a continuación ensamblarlo en el esquema ideológico y de valores americano y producir así un producto fácilmente consumible y asimilable a lo largo y ancho del mundo. Eso es así porque el lenguaje del cine de Hollywood es casi consubstancial a la vida del occidental, nos transporta a la infancia, a las tardes de domingo, a la publicidad televisiva en el momento de máxima emoción. Es esa repetición de motivos en la que nos sentimos cómodos. Nos sentimos como en casa. En la que siendo extranjeros conocemos las avenidas de New York, el Cañón del Colorado, las fiestas de fin de curso en los High School, los desfiles del día de San Patricio, las ferias comerciales del condado, los copiosos desayunos familiares con tortitas y huevos, las bombas con temporizadores de números rojos, los clips que abren todas las puertas, los coches que destrozan puestos de frutas al salirse de la calzada y así hasta el infinito.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Soltería
Eso eres tú ahora, un fuelle que calienta una brasa incandescente que no se puede tocar, de la que se habla con palabras ambiguas, como un misterio del que es mejor conocer el secreto aunque nunca lo hayas probado. Nunca digas que no lo viste. Nunca digas que no lo probaste. Ahora solo lo puedes rozar con la punta de tus dedos y entonces exclamar “era eso”.
Alberto Scapolo, de Las cosas o el aburrimiento (1945)
Paul & Paula - Hey Paula (1963)
Alberto Scapolo, de Las cosas o el aburrimiento (1945)
Paul & Paula - Hey Paula (1963)
martes, 9 de septiembre de 2008
Sueños
Sueño con una mesa y una silla
Sueño que me doy vuelta en automóvil
Sueño que estoy filmando una película
Sueño con una bomba de bencina
Sueño que soy un turista de lujo
Sueño que estoy colgando de una cruz
Sueño que estoy comiendo pejerreyes
Sueño que voy atravesando un puente
Sueño con un aviso luminoso
Sueño con una dama de bigotes
Sueño que voy bajando una escalera
Sueño que le doy cuerda a una victrola
Sueño que se me rompen los anteojos
Sueño que estoy haciendo un ataúd
Sueño con el sistema planetario
Sueño con una hoja de afeitar
Sueño que estoy luchando con un perro
Sueño que estoy matando una serpiente
Sueño con pajarillos voladores
Sueño que voy arrastrando un cadáver
Sueño que me condenan a la horca
Sueño con el diluvio universal
Sueño que soy una mata de cardo.
Sueño también que se me cae el pelo.
Nicanor Parra, de Versos de salón (1962)
Sueño que me doy vuelta en automóvil
Sueño que estoy filmando una película
Sueño con una bomba de bencina
Sueño que soy un turista de lujo
Sueño que estoy colgando de una cruz
Sueño que estoy comiendo pejerreyes
Sueño que voy atravesando un puente
Sueño con un aviso luminoso
Sueño con una dama de bigotes
Sueño que voy bajando una escalera
Sueño que le doy cuerda a una victrola
Sueño que se me rompen los anteojos
Sueño que estoy haciendo un ataúd
Sueño con el sistema planetario
Sueño con una hoja de afeitar
Sueño que estoy luchando con un perro
Sueño que estoy matando una serpiente
Sueño con pajarillos voladores
Sueño que voy arrastrando un cadáver
Sueño que me condenan a la horca
Sueño con el diluvio universal
Sueño que soy una mata de cardo.
Sueño también que se me cae el pelo.
Nicanor Parra, de Versos de salón (1962)
martes, 2 de septiembre de 2008
Adjetivos para una mañana de domingo
Los domingos por la mañana los dedicaba a no hacer nada. O hacer menos que nada. Por costumbre lo que solía hacer era dormir. A veces se ponía el despertador moderadamente pronto solo para permanecer en la cama en estado de placentera vigilia mientras por la ventana se colaban los sonidos de la ciudad que se desperezaba. Otras veces, en aquellos días en los que por alguna extraña e insondable razón se levantaba temprano, compraba el diario y desayunaba café con leche y croissants en el salón de la casa, intentando no hacer ruido para no despertar a los que se acaban de acostar y dormían en la minúscula habitación contigua. Tenía por costumbre pasar los días de descanso en casa. Bien es cierto que algunos domingos, después de permanecer toda la noche en vela ante el ordenador acabando algún trabajo, salía a pasear por el barrio o un poco más allá, para, como le gustaba decir, estirar las piernas y despejar la cabeza. En estas ocasiones, pocas, no vaya a entender el lector que tenía una vida desordenada, visitaba el Mercat de Sant Antoni –entre las calles Comte d’Urgell y Comte Borrell, allí donde empieza el barrio del Raval pero aun no ha empezado en realidad- para comprar libros y mirar discos. Siempre había mucha gente los domingos por la mañana, a no ser que llegara muy pronto, a la hora en la que aun estaban las furgonetas estacionadas en doble fila y se descargaban las pesadas cajas de madera con las mercancías para vender. A las diez ya había que abrirse camino literalmente entre el torrente humano que, desordenadamente y en dos direcciones, seguía el circuito que conformaban los puestos. Pues bien, uno de esos domingos, en los que se quedó despierto, presenció algo que le quitó el sosiego, o al menos, algo en lo que pensó después cuando llegó a su casa y miró aquella foto de aquel libro. Ese día compró dos obras. En un puesto situado en la mitad exacta de su recorrido encontró una de Coetzee que le costó un euro. El libro estaba impecable, cuando lo tuvo en sus manos lo vio relucir por un instante y se sintió afortunado. Sin duda, se trataba de un error, alguien lo había colocado en el montón que no era, posiblemente uno de esos que gustaban de perturbar y que por allí donde pasaban dejaban rastro, cráteres de destrucción y desorden. Hizo toda la vuelta completa y en uno de sus últimas paradas compró una vieja edición de El amante de Marguerite Duras. Al libro le faltaba la esquina inferior de una de sus páginas, pero le gustó la encuadernación, rústica y rugosa, y especialmente una fotografía que había en las primeras páginas del interior, en donde se veía el posado de una joven. Era una imagen antigua, como de los años veinte o treinta, de una hermosa chica. Casi una niña. Pálida y ojerosa permanecía ante el objetivo. Poseía la belleza inocente de aquellos que acaban de alcanzar la pubertad. El rostro ovalado enmarcaba una boca estrecha pero de labios generosos. Y su mirada. Su mirada más que enigmática, como suele decirse, era dual. Una mezcla de candor y resolución. Casi era posible asignarle a cada uno de sus ojos una de esas dos mitades. La simetría de su rostro no encajaba con el brillo opaco de su contemplación. Algo perceptible que producía una vibración estaba en la superficie de la fotografía para él. Se dirigió al vendedor y le alargó el dinero para el libro. Continuó con la mirada perdida en la foto mientras salía del mercado y se dirigía de nuevo a su casa. Echaba un vistazo alternativamente al libro y a los que le rodeaban para no toparse con nadie. Justo delante de él un pobre viejo caminaba penosamente ocupando su puesto en la fila tras un hombre que llevaba de la mano a un niño de unos diez años. En un momento determinado el viejo se giró y sus miradas coincidieron, fue en el mismo instante en el que de entre los altos edificios se filtró una puñalada de luz que le hizo taparse los ojos. Cuando recobró la vista, el viejo hizo algo singular. Trazó en el aire un movimiento artificial, forzado, y ridículo, simulando que tropezaba con su propio pie y estirando el brazo buscando el apoyo de algo que le sostuviera en su caída. Y entonces encontró al niño. Su mano se posó en las nalgas del pequeño, en sus diminutos músculos traseros, pero se detuvo ahí un instante más de lo que un observador externo como él entendió como natural. Fue solo un instante, algo que vio pero que se convirtió en irrecuperable. En ese instante más que intentar no caer, lo que hizo el viejo fue palpar al pequeño, quien sorprendido se giró y miró al viejo que caminaba penosamente. Un encogimiento de hombros y el niño, de la mano de un hombre, seguramente su padre o su tío, continuó su camino. El viejo se paró en seco y apunto estuvo de chocar con el orgulloso dueño de las novelas de Coetzee y Duras que había presenciado el desarrollo de la acción. Sorprendido y con la mirada petrificada, como cuando se ve algo que no se desea pero que atrapa y hechiza, se quedó allí seducido por ese viejo que había tocado el culo a un niño. El anciano lo miró, hizo un pequeño gesto espasmódico con los brazos, como si una corriente eléctrica hubiera hecho saltar los resortes que unían los huesos de sus extremidades superiores y después de permanecer inmóvil durante unos segundos se salió de la fila del mercado y se alejó.

jueves, 21 de agosto de 2008
Quince minutos y veinte segundos
Querido Doctor Tarnopol,
Le escribo esta carta largamente postergada con la intención de exponerle la situación en la que me veo envuelto actualmente. Se que entenderá que recurra a usted en estos días de dificultad. Cuando vivíamos con Fanny en Barcelona las visitas que le realizábamos en su antigua consulta de la calle Valencia eran para nosotros, dos jóvenes con ganas de conversar y aprender, motivo de felicidad. No por estar en un momento delicado de salud dejábamos de disfrutar de las atenciones que con gran afecto y profesionalidad nos brindaba. Recuerdo que por aquellos tiempos usted era para nosotros un buen consejero y un mejor amigo. Nos sentábamos en la sala de espera silenciosos, ojeando una revista o mirando por la ventana de su consultorio, guardándonos nuestros mejores comentarios para la visita con usted, qué inexpertos éramos entonces pero qué ajustados eran siempre sus recomendaciones y observaciones. Cuando la enfermera decía nuestro nombre, avanzábamos temblorosos, entonces Fanny me cogía de la mano y yo se la apretaba fuerte para darle ánimos, la puerta estaba entreabierta al final del pasillo y a cada paso que dábamos veíamos un poco más del interior, los sillones de piel estilo Breuer, las estanterías con los frascos de farmacia de principios de siglo, la mesa de caoba y detrás, ojeando unos papeles con las gafas en la punta de la nariz, mi buen doctor Tarnopol. Qué buenos recuerdos conservo de aquellas visitas y qué lejos quedan ahora confundidos con el dolor que vino después y que todo lo marcó.
Hace tiempo que vengo discutiendo conmigo mismo acerca de si una carta es la mejor manera de presentarle mi problema. Por motivos que usted conocerá de sobra me hallo viviendo en Estados Unidos, concretamente en una colonia a las afueras de Omaha, un remanso de paz ideado para aquellas personas que necesitan desconectar del ajetreo diario durante una temporada, un lugar en las montañas en el que coger el impulso suficiente para volver a la realidad. Por el momento me es imposible trasladarme a Barcelona para conversar con usted, sé que no hace falta que le de más explicaciones y es por eso que he atrevido a escribirle esta carta. Verá doctor -qué difícil se me hace ahora empezar a escribirle el dolor que es el pesar de mis días, sé que si estuviera delante mío una leve inclinación de su bella cabeza bastaría para que empezara a hablar, pero en la cabaña de madera en la que estoy no hay nada ni nadie que me diga cuando debo empezar a contar mi problema- desde hace más o menos un año me viene preocupando cierto problema de salud relacionado con el funcionamiento de mi aparato digestivo. Sin necesidad de dar más vueltas le diré que cada alimento de ingiero, sea sólido o líquido, vuelve a salir por el lugar por el que entró. El lapso de tiempo que los alimentos permanecen en mi cuerpo es exactamente de quince minutos y veinte segundos, ni más, ni menos. Lo curioso del caso, al menos desde el punto de vista del hombre de ciencias que soy, es la regularidad de los espasmos que atacan mi estómago. Regurgito siempre con la misma violencia, inclinado sobre la taza del lavabo, durante medio minuto, emito entonces unos ruidos como de bestia moribunda y acto seguido me miro en el pequeño espejo que tengo sobre la pica, cuando me observo en su superficie, no me reconozco doctor, tardo un instante en asociar ese rostro desencajado con el de mi persona. Mis ojos están siempre llorosos y en el mismo gesto de limpiarme las lágrimas apuro la bilis o los alimentos que se han quedado colgando de la comisura de mis labios. Es un movimiento mecánico, como si mi brazo y mi mano actuaran sin necesidad de órdenes previas por parte del cerebro. ¿No es curioso lo que le estoy explicando? Que mi cuerpo a los quince minutos y veinte segundos sepa que los alimentos no pueden permanecer por más tiempo en el interior del estómago, que los espasmos duren siempre medio minuto y esa extraña sensación que me invade después de vomitar. Los doctores que he visitado durante los últimos meses no han sabido hallar una explicación plausible para lo que me está ocurriendo, me han hecho infinidad de pruebas -si mira en el interior del sobre verá que le he adjuntado todos los análisis, pruebas y diagnósticos de los tres prestigiosos doctores que he visitado- pero después de varios tratamientos el problema persiste y empiezo a temer por mi frágil salud. Existe otra peculiaridad en el caso que aun no me he atrevido a relatarle -es posiblemente lo que más ha inquietado a los médicos que he visitado en los Estados Unidos- durante el último año, tiempo en el que vengo sufriendo estos calambres del aparato digestivo, he engordado veinte quilos. Le puedo asegurar que la cantidad de comida que permanece en mi estómago y que por tanto soy capaz de absorber no llega al diez por ciento del total ingerido –no le explicaré cual es el método que he utilizado para hacer tal comprobación, solo le diré que se trata de una prueba realizada siguiendo un estricto método empírico- por lo que en realidad mi cuerpo está engordando al margen de mi alimentación. ¿Qué le parece? Como puede suponer me encuentro en una situación desesperada, no quiero por otra parte que se tome esta misiva como un grito de auxilio de un exiliado moribundo, simplemente le he escrito porque tengo un gran concepto de su capacidad analítica y soy consciente que usted es una de las personas que mejor conoce mi historia personal, su familiaridad con los datos biográficos y psicológicos que le proporcioné en el pasado pueden sernos de estimable ayuda en asunto que aquí nos ocupa. Espero que mi caso le haya despertado la curiosidad suficiente y que si dispone de algún tiempo pueda estudiarlo con detenimiento. Por supuesto, si quiere consultar mi caso con alguno de sus colegas es libre de hacerlo, le doy absoluta libertad, confío plenamente en que sabrá administrar con juicio lo que aquí le he contado. Le animo a que en su carta de respuesta, si es que lo estima necesario, me cuenta lo que ha estado haciendo desde que se jubiló, estaré encantado de conocer todos los detalles de su plácido y merecido retiro.
Le saluda cordialmente,
Alex De Pas
P.D.: Le agradecería que no mencione a Fanny en su carta. Todo es demasiado reciente. ¡Qué historia tan triste y cargada de dolor!
Le escribo esta carta largamente postergada con la intención de exponerle la situación en la que me veo envuelto actualmente. Se que entenderá que recurra a usted en estos días de dificultad. Cuando vivíamos con Fanny en Barcelona las visitas que le realizábamos en su antigua consulta de la calle Valencia eran para nosotros, dos jóvenes con ganas de conversar y aprender, motivo de felicidad. No por estar en un momento delicado de salud dejábamos de disfrutar de las atenciones que con gran afecto y profesionalidad nos brindaba. Recuerdo que por aquellos tiempos usted era para nosotros un buen consejero y un mejor amigo. Nos sentábamos en la sala de espera silenciosos, ojeando una revista o mirando por la ventana de su consultorio, guardándonos nuestros mejores comentarios para la visita con usted, qué inexpertos éramos entonces pero qué ajustados eran siempre sus recomendaciones y observaciones. Cuando la enfermera decía nuestro nombre, avanzábamos temblorosos, entonces Fanny me cogía de la mano y yo se la apretaba fuerte para darle ánimos, la puerta estaba entreabierta al final del pasillo y a cada paso que dábamos veíamos un poco más del interior, los sillones de piel estilo Breuer, las estanterías con los frascos de farmacia de principios de siglo, la mesa de caoba y detrás, ojeando unos papeles con las gafas en la punta de la nariz, mi buen doctor Tarnopol. Qué buenos recuerdos conservo de aquellas visitas y qué lejos quedan ahora confundidos con el dolor que vino después y que todo lo marcó.
Hace tiempo que vengo discutiendo conmigo mismo acerca de si una carta es la mejor manera de presentarle mi problema. Por motivos que usted conocerá de sobra me hallo viviendo en Estados Unidos, concretamente en una colonia a las afueras de Omaha, un remanso de paz ideado para aquellas personas que necesitan desconectar del ajetreo diario durante una temporada, un lugar en las montañas en el que coger el impulso suficiente para volver a la realidad. Por el momento me es imposible trasladarme a Barcelona para conversar con usted, sé que no hace falta que le de más explicaciones y es por eso que he atrevido a escribirle esta carta. Verá doctor -qué difícil se me hace ahora empezar a escribirle el dolor que es el pesar de mis días, sé que si estuviera delante mío una leve inclinación de su bella cabeza bastaría para que empezara a hablar, pero en la cabaña de madera en la que estoy no hay nada ni nadie que me diga cuando debo empezar a contar mi problema- desde hace más o menos un año me viene preocupando cierto problema de salud relacionado con el funcionamiento de mi aparato digestivo. Sin necesidad de dar más vueltas le diré que cada alimento de ingiero, sea sólido o líquido, vuelve a salir por el lugar por el que entró. El lapso de tiempo que los alimentos permanecen en mi cuerpo es exactamente de quince minutos y veinte segundos, ni más, ni menos. Lo curioso del caso, al menos desde el punto de vista del hombre de ciencias que soy, es la regularidad de los espasmos que atacan mi estómago. Regurgito siempre con la misma violencia, inclinado sobre la taza del lavabo, durante medio minuto, emito entonces unos ruidos como de bestia moribunda y acto seguido me miro en el pequeño espejo que tengo sobre la pica, cuando me observo en su superficie, no me reconozco doctor, tardo un instante en asociar ese rostro desencajado con el de mi persona. Mis ojos están siempre llorosos y en el mismo gesto de limpiarme las lágrimas apuro la bilis o los alimentos que se han quedado colgando de la comisura de mis labios. Es un movimiento mecánico, como si mi brazo y mi mano actuaran sin necesidad de órdenes previas por parte del cerebro. ¿No es curioso lo que le estoy explicando? Que mi cuerpo a los quince minutos y veinte segundos sepa que los alimentos no pueden permanecer por más tiempo en el interior del estómago, que los espasmos duren siempre medio minuto y esa extraña sensación que me invade después de vomitar. Los doctores que he visitado durante los últimos meses no han sabido hallar una explicación plausible para lo que me está ocurriendo, me han hecho infinidad de pruebas -si mira en el interior del sobre verá que le he adjuntado todos los análisis, pruebas y diagnósticos de los tres prestigiosos doctores que he visitado- pero después de varios tratamientos el problema persiste y empiezo a temer por mi frágil salud. Existe otra peculiaridad en el caso que aun no me he atrevido a relatarle -es posiblemente lo que más ha inquietado a los médicos que he visitado en los Estados Unidos- durante el último año, tiempo en el que vengo sufriendo estos calambres del aparato digestivo, he engordado veinte quilos. Le puedo asegurar que la cantidad de comida que permanece en mi estómago y que por tanto soy capaz de absorber no llega al diez por ciento del total ingerido –no le explicaré cual es el método que he utilizado para hacer tal comprobación, solo le diré que se trata de una prueba realizada siguiendo un estricto método empírico- por lo que en realidad mi cuerpo está engordando al margen de mi alimentación. ¿Qué le parece? Como puede suponer me encuentro en una situación desesperada, no quiero por otra parte que se tome esta misiva como un grito de auxilio de un exiliado moribundo, simplemente le he escrito porque tengo un gran concepto de su capacidad analítica y soy consciente que usted es una de las personas que mejor conoce mi historia personal, su familiaridad con los datos biográficos y psicológicos que le proporcioné en el pasado pueden sernos de estimable ayuda en asunto que aquí nos ocupa. Espero que mi caso le haya despertado la curiosidad suficiente y que si dispone de algún tiempo pueda estudiarlo con detenimiento. Por supuesto, si quiere consultar mi caso con alguno de sus colegas es libre de hacerlo, le doy absoluta libertad, confío plenamente en que sabrá administrar con juicio lo que aquí le he contado. Le animo a que en su carta de respuesta, si es que lo estima necesario, me cuenta lo que ha estado haciendo desde que se jubiló, estaré encantado de conocer todos los detalles de su plácido y merecido retiro.
Le saluda cordialmente,
Alex De Pas
P.D.: Le agradecería que no mencione a Fanny en su carta. Todo es demasiado reciente. ¡Qué historia tan triste y cargada de dolor!
miércoles, 6 de agosto de 2008
¿Tienes financiación?
Me preguntó si tenía financiación.
-¿Tienes financiación?
Me dijo que su mejor amiga era la directora de una importante organización que, entre otros menesteres, se dedicaba a financiar este tipo de cosas. No con mucho dinero pero si el suficiente como para poder vivir durante algún tiempo de forma holgada, sin tener que preocuparse por el trabajo o de andar pidiendo dinero a los familiares y conocidos. Te pagan por hacer aquello que te gusta, que te gusta a ti se entiende. Sí, está bien. Por interés o tal vez por cortesía, le pregunté por el destino del tren que tenía que coger cuando el nuestro llegara a Barcelona. Cojo el AVE dirección a Madrid y de allí cojo un avión a Nuakchott, en el aeropuerto me espera un transporte, que me llevará al este del país, a un campamento a unos cien kilómetros de Oualata.
… se ha producido un golpe de estado. Un grupo de militares rebeldes han tomado el palacio Presidencial de Nuakchott y han retenido al presidente Sidi Ould Cheikh Abdallahi. Los generales que encabezan el putsch fueron destituidos esta misma mañana, poco después llamaron a los soldados del ejército a rebelarse contra el poder democrático. Las emisiones de la televisión y la radio pública del país han sido interrumpidas. La colonia española compuesta por más de 150 personas, en especial cooperantes, se encuentra bien. La embajada ha explicado…
-¿Tienes financiación?
Me dijo que su mejor amiga era la directora de una importante organización que, entre otros menesteres, se dedicaba a financiar este tipo de cosas. No con mucho dinero pero si el suficiente como para poder vivir durante algún tiempo de forma holgada, sin tener que preocuparse por el trabajo o de andar pidiendo dinero a los familiares y conocidos. Te pagan por hacer aquello que te gusta, que te gusta a ti se entiende. Sí, está bien. Por interés o tal vez por cortesía, le pregunté por el destino del tren que tenía que coger cuando el nuestro llegara a Barcelona. Cojo el AVE dirección a Madrid y de allí cojo un avión a Nuakchott, en el aeropuerto me espera un transporte, que me llevará al este del país, a un campamento a unos cien kilómetros de Oualata.
… se ha producido un golpe de estado. Un grupo de militares rebeldes han tomado el palacio Presidencial de Nuakchott y han retenido al presidente Sidi Ould Cheikh Abdallahi. Los generales que encabezan el putsch fueron destituidos esta misma mañana, poco después llamaron a los soldados del ejército a rebelarse contra el poder democrático. Las emisiones de la televisión y la radio pública del país han sido interrumpidas. La colonia española compuesta por más de 150 personas, en especial cooperantes, se encuentra bien. La embajada ha explicado…
jueves, 24 de julio de 2008
Tablao
La ciudad está tomada. En la Rambla, uno de los lugares más delirantes por los que se puede caminar, guapas argentinas te invitan a visitar un tablao flamenco. Van vestidas de negro con un clavel en el pelo. Te hablan en inglés pero tú les dices que eres de aquí y entonces su mirada resbala con una caída de ojos. Te preguntas como deben ser esos sitios. Te gustaría entrar, aunque solo fuera para verlo y después contárselo a la gente. ¿Quien deben ser las bailaoras? ¿Serán también argentinas, recicladas tanguistas que aprendieron a mover la bata de cola hace ya muchos años? ¿Se animarán los turistas a jalear el espectáculo con un un “olé”? ¿O se limitarán a pellizcar el culo de las camareras que se mueven entre las mesas de madera llevando jarras de sangría? ¿Habrá duende encima del entarimado? ¿Tendrá el pellizco el guitarrista solista? Te lo imaginas y crees que es mejor no ver la representación.
domingo, 20 de julio de 2008
Los ochenta
Digamos para empezar que no me gustaron mucho los ochenta. Durante aquella década me dediqué a mirar la televisión, jugar a pelota y vestirme con jerséis de lana multicolor. No es que no me lo pasara bien, pero me he quedado con una sensación de correteo sin sentido, persiguiendo el regazo de mis padres unas veces y siendo perseguido otras por una mujer furiosa con una zapatilla en la mano. Durante los ochenta tuve mi primera novia y también mi primera decepción amorosa. Me peleé con un niño que me sacaba una cabeza. Me felicitaron por acabar el primero. Me echaron de clase por disparar –con una pistola de juguete- a un compañero. Me regalaron una hucha en forma de tomate. Supongo que de alguna forma se forjó este carácter que tengo. Los ochenta pasaron y no veo ninguna necesidad de que vuelvan.
Pues los ochenta volvieron hace un lustro más o menos. A la gente le empezó a gustar de nuevo los bolsos de polipiel. Un chico con hombreras era lo más. Las chicas querían parecerse a la bailarina de Flashdance. Pantalones de estampados imposibles. Leggings. Los chicos vestían como los de Duran Duran. Cortes de pelo estilo “el príncipe valiente. Pero eso no era lo peor, un grupo de inconscientes empezó a reclamar la vuelta del hair metal, Mötley Crue, Poison, Kiss… los jinetes del Apocalipsis vestidos con chupas de cuero con flecos y camperas. Los ochenta volvieron y a la gente le gustaba decir aquello de “¡los ochenta sí que molaron!”.
Pues los ochenta volvieron hace un lustro más o menos. A la gente le empezó a gustar de nuevo los bolsos de polipiel. Un chico con hombreras era lo más. Las chicas querían parecerse a la bailarina de Flashdance. Pantalones de estampados imposibles. Leggings. Los chicos vestían como los de Duran Duran. Cortes de pelo estilo “el príncipe valiente. Pero eso no era lo peor, un grupo de inconscientes empezó a reclamar la vuelta del hair metal, Mötley Crue, Poison, Kiss… los jinetes del Apocalipsis vestidos con chupas de cuero con flecos y camperas. Los ochenta volvieron y a la gente le gustaba decir aquello de “¡los ochenta sí que molaron!”.
Un coolhunter nos diría que es la propia sociedad la que se inclina por el revival, por recuperar el pasado, para adaptarlo al presente. Yo creo más bien que es la propia industria de la música pop y de la moda la que recicla sus propios materiales en un intento de rentabilizarlos. ¿Escasez de talento? No forzosamente, más bien el miedo al riesgo y al fracaso. Por eso en mi condición de observador pronostico que volverán los noventa, pronto, si es que no lo han hecho ya. El grunge. Las camisas a cuadros. Screech de Salvados por la campana.
PD: Vivo con dos estilistas de moda. Mi interés por el tema se reduce a las conversaciones de café y cigarro.
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Silencio Abigarrado
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