Ricardo PIGLIA; Respiración artificial
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
jueves, 21 de octubre de 2010
Nuevos proyectos
"(...)Hablo entonces para no pensar en ello, de otra cosa" dijo el senador "otra cosa cuya historia debo contar, porque sólo es mío aquello cuya historia no he olvidado. Y pienso que al contarlo se disuelve y se borra de mi recuerdo: porque todo lo que contamos se pierde, se aleja. Contar es entonces para mí un modo de borrar de los afluentes de mi memoria aquello que quiero mantener alejado para siempre de mi cuerpo".
jueves, 25 de septiembre de 2008
Matar al hijo (primera parte)
Escribe Héctor Imazio:
Entre los numerosos casos de heterónimos en literatura el del novelista chileno Marcelo Gröinger (1886-) ha sido siempre uno de mis favoritos. Hijo de Joaquín Luna y Carolina A. Méndez, Groinger escribe su primera novela a la edad de diecisiete años. Lo hace en Argentina, tras una aún confusa fuga del hogar familiar provocada, parece ser, por un insalvable desencuentro con su padre.
Pero aunque escribe en Argentina, escribe desde Chile. Muchos han querido ver ese arraigo de la primera novela al barrio de la infancia como un deseo imposible de volver a casa, al hogar, al padre, y desde aquí han querido leer su ejercicio de escritura como el gesto desesperado del adolescente para separarse del ascendente paterno. No creo que sea tan evidente. Se alza la sospecha considerando que en esta primera mitad de siglo que no hace mucho hemos dejado atrás la moda entre exegetas ha sido de explicar las literaturas en oposición al padre o en el proceso de liberación del autor del influjo de aquél. [...].
En todo caso y en lo que aquí concierne, la primera novela de Gröinger resulta interesante por muchos otros motivos. En efecto, en El tedio en el vecino (1903) se encuentran ya las claves de toda la obra literaria del chileno. Pese a un estilo a la vez enérgico y amanerado, por no hablar de una escritura tosca o directamente de una mala prosa (como, por otro lado, será siempre la suya) se encuentran en esta pequeña novela ideas revolucionarias para la época. El relato describe en tercera persona la vida de Javier Lima. Una vida que, si al iniciar la lectura se nos antoja misteriosa o emocionante o ya tan sólo interesante, resulta ser insípida, banal, aburrida. Como todas las vidas. La novela nos acompaña en un viaje hacia el otro, hacia el desconocido, hacia el protagonista por descubrir. Pero nos acompaña hasta sus últimas consecuencias, hasta el descubrimiento del otro como falso desconocido, como el otro en mí, como yo en fin. Sin embargo, el gran coup de théâtre del relato (y muchos atacaron a Gröinger por ello) aparece en las tres últimas páginas, donde la voz de la narración, que no se había hecho sentir como tal hasta el momento, se encarna en una manifestación concreta, en un cuerpo. De súbito, el lector descubre que no se trataba de una narración en tercera persona sino el relato de una observación o una observación relatada que cuestiona la oposición entre voz en tercera y primera persona, [...] la primera persona del narrador había decidido prescindir del yo para enunciarse: no tenía necesidad, no quería hablar de sí mismo.
Marcelo Gröinger parece buscar, con tan solo diecisiete años, su posición en la narración. En efecto, el vecino ocioso del título que durante la mayor parte de la obra identificamos con Javier Lima, podría, al contrario, ser la voz que narra, es decir, el vecino, el prójimo, no ser él, sino ser yo. Y aún, esta voz que narra, una voz sin marcas de enunciación, que se esfuerza por borrarse a sí misma (diremos la voz “objetiva” del grueso de la novela) pero que se adjudica al fin a un sujeto (aunque sin atributos pero ya volveremos sobre esto), podría ser perfectamente la del propio Groinger. O la del individuo que se oculta tras el heterónimo.
Aquí acaba lo que he podido encontrar en Internet del artículo de Héctor Imazio. Puesto que del texto se desprende que éste es un fragmento de uno mayor, he rastreado el origen. Parece ser la transcripción de la versión del artículo aparecida en una revista chilena (titulado Matar al hijo). Me ha parecido entender sin embargo que es la traducción del original que estaría en inglés, lo que explicaría algunas partes confusas (el final del segundo párrafo por ejemplo). Desconozco en cambio si la alternancia de la diéresis sobre la “o” de Gröinger es debida a la traducción al español o a la transcripción para Internet. Espero salir de dudas en breve: hace unos días encontré en eBay un particular con un ejemplar de la revista y ya lo han enviado.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Soltería
Eso eres tú ahora, un fuelle que calienta una brasa incandescente que no se puede tocar, de la que se habla con palabras ambiguas, como un misterio del que es mejor conocer el secreto aunque nunca lo hayas probado. Nunca digas que no lo viste. Nunca digas que no lo probaste. Ahora solo lo puedes rozar con la punta de tus dedos y entonces exclamar “era eso”.
Alberto Scapolo, de Las cosas o el aburrimiento (1945)
Paul & Paula - Hey Paula (1963)
Alberto Scapolo, de Las cosas o el aburrimiento (1945)
Paul & Paula - Hey Paula (1963)
martes, 9 de septiembre de 2008
Sueños
Sueño con una mesa y una silla
Sueño que me doy vuelta en automóvil
Sueño que estoy filmando una película
Sueño con una bomba de bencina
Sueño que soy un turista de lujo
Sueño que estoy colgando de una cruz
Sueño que estoy comiendo pejerreyes
Sueño que voy atravesando un puente
Sueño con un aviso luminoso
Sueño con una dama de bigotes
Sueño que voy bajando una escalera
Sueño que le doy cuerda a una victrola
Sueño que se me rompen los anteojos
Sueño que estoy haciendo un ataúd
Sueño con el sistema planetario
Sueño con una hoja de afeitar
Sueño que estoy luchando con un perro
Sueño que estoy matando una serpiente
Sueño con pajarillos voladores
Sueño que voy arrastrando un cadáver
Sueño que me condenan a la horca
Sueño con el diluvio universal
Sueño que soy una mata de cardo.
Sueño también que se me cae el pelo.
Nicanor Parra, de Versos de salón (1962)
Sueño que me doy vuelta en automóvil
Sueño que estoy filmando una película
Sueño con una bomba de bencina
Sueño que soy un turista de lujo
Sueño que estoy colgando de una cruz
Sueño que estoy comiendo pejerreyes
Sueño que voy atravesando un puente
Sueño con un aviso luminoso
Sueño con una dama de bigotes
Sueño que voy bajando una escalera
Sueño que le doy cuerda a una victrola
Sueño que se me rompen los anteojos
Sueño que estoy haciendo un ataúd
Sueño con el sistema planetario
Sueño con una hoja de afeitar
Sueño que estoy luchando con un perro
Sueño que estoy matando una serpiente
Sueño con pajarillos voladores
Sueño que voy arrastrando un cadáver
Sueño que me condenan a la horca
Sueño con el diluvio universal
Sueño que soy una mata de cardo.
Sueño también que se me cae el pelo.
Nicanor Parra, de Versos de salón (1962)
martes, 2 de septiembre de 2008
Adjetivos para una mañana de domingo
Los domingos por la mañana los dedicaba a no hacer nada. O hacer menos que nada. Por costumbre lo que solía hacer era dormir. A veces se ponía el despertador moderadamente pronto solo para permanecer en la cama en estado de placentera vigilia mientras por la ventana se colaban los sonidos de la ciudad que se desperezaba. Otras veces, en aquellos días en los que por alguna extraña e insondable razón se levantaba temprano, compraba el diario y desayunaba café con leche y croissants en el salón de la casa, intentando no hacer ruido para no despertar a los que se acaban de acostar y dormían en la minúscula habitación contigua. Tenía por costumbre pasar los días de descanso en casa. Bien es cierto que algunos domingos, después de permanecer toda la noche en vela ante el ordenador acabando algún trabajo, salía a pasear por el barrio o un poco más allá, para, como le gustaba decir, estirar las piernas y despejar la cabeza. En estas ocasiones, pocas, no vaya a entender el lector que tenía una vida desordenada, visitaba el Mercat de Sant Antoni –entre las calles Comte d’Urgell y Comte Borrell, allí donde empieza el barrio del Raval pero aun no ha empezado en realidad- para comprar libros y mirar discos. Siempre había mucha gente los domingos por la mañana, a no ser que llegara muy pronto, a la hora en la que aun estaban las furgonetas estacionadas en doble fila y se descargaban las pesadas cajas de madera con las mercancías para vender. A las diez ya había que abrirse camino literalmente entre el torrente humano que, desordenadamente y en dos direcciones, seguía el circuito que conformaban los puestos. Pues bien, uno de esos domingos, en los que se quedó despierto, presenció algo que le quitó el sosiego, o al menos, algo en lo que pensó después cuando llegó a su casa y miró aquella foto de aquel libro. Ese día compró dos obras. En un puesto situado en la mitad exacta de su recorrido encontró una de Coetzee que le costó un euro. El libro estaba impecable, cuando lo tuvo en sus manos lo vio relucir por un instante y se sintió afortunado. Sin duda, se trataba de un error, alguien lo había colocado en el montón que no era, posiblemente uno de esos que gustaban de perturbar y que por allí donde pasaban dejaban rastro, cráteres de destrucción y desorden. Hizo toda la vuelta completa y en uno de sus últimas paradas compró una vieja edición de El amante de Marguerite Duras. Al libro le faltaba la esquina inferior de una de sus páginas, pero le gustó la encuadernación, rústica y rugosa, y especialmente una fotografía que había en las primeras páginas del interior, en donde se veía el posado de una joven. Era una imagen antigua, como de los años veinte o treinta, de una hermosa chica. Casi una niña. Pálida y ojerosa permanecía ante el objetivo. Poseía la belleza inocente de aquellos que acaban de alcanzar la pubertad. El rostro ovalado enmarcaba una boca estrecha pero de labios generosos. Y su mirada. Su mirada más que enigmática, como suele decirse, era dual. Una mezcla de candor y resolución. Casi era posible asignarle a cada uno de sus ojos una de esas dos mitades. La simetría de su rostro no encajaba con el brillo opaco de su contemplación. Algo perceptible que producía una vibración estaba en la superficie de la fotografía para él. Se dirigió al vendedor y le alargó el dinero para el libro. Continuó con la mirada perdida en la foto mientras salía del mercado y se dirigía de nuevo a su casa. Echaba un vistazo alternativamente al libro y a los que le rodeaban para no toparse con nadie. Justo delante de él un pobre viejo caminaba penosamente ocupando su puesto en la fila tras un hombre que llevaba de la mano a un niño de unos diez años. En un momento determinado el viejo se giró y sus miradas coincidieron, fue en el mismo instante en el que de entre los altos edificios se filtró una puñalada de luz que le hizo taparse los ojos. Cuando recobró la vista, el viejo hizo algo singular. Trazó en el aire un movimiento artificial, forzado, y ridículo, simulando que tropezaba con su propio pie y estirando el brazo buscando el apoyo de algo que le sostuviera en su caída. Y entonces encontró al niño. Su mano se posó en las nalgas del pequeño, en sus diminutos músculos traseros, pero se detuvo ahí un instante más de lo que un observador externo como él entendió como natural. Fue solo un instante, algo que vio pero que se convirtió en irrecuperable. En ese instante más que intentar no caer, lo que hizo el viejo fue palpar al pequeño, quien sorprendido se giró y miró al viejo que caminaba penosamente. Un encogimiento de hombros y el niño, de la mano de un hombre, seguramente su padre o su tío, continuó su camino. El viejo se paró en seco y apunto estuvo de chocar con el orgulloso dueño de las novelas de Coetzee y Duras que había presenciado el desarrollo de la acción. Sorprendido y con la mirada petrificada, como cuando se ve algo que no se desea pero que atrapa y hechiza, se quedó allí seducido por ese viejo que había tocado el culo a un niño. El anciano lo miró, hizo un pequeño gesto espasmódico con los brazos, como si una corriente eléctrica hubiera hecho saltar los resortes que unían los huesos de sus extremidades superiores y después de permanecer inmóvil durante unos segundos se salió de la fila del mercado y se alejó.

miércoles, 27 de agosto de 2008
Rendre à Cesar
Ayer estuve hasta tarde escribiendo la anterior entrada. Ya en la cama, para coger el sueño, leí un rato El mal de Montano. Quizás por eso haya soñado esta noche que rescribía Dar al César de Marguerite de Yourcenar. Estaba entusiasmado con esta obra dramática así que decidía volverla a escribir yo mismo, pero cambiándola, pensaba, cambiándola.
No obstante, ahí me descubría, con el librito abierto a mi izquierda y el ordenador a mi derecha cogiéndome a mí mismo en flagrante delito de plagio. Todos los cambios se reducían a pasar la historia de la Italia de Mussolini, a la España de Franco (Francisco, no Jesús, se entiende) modernizando un tanto el lenguaje por el camino.
A las pocas horas, cuando ya estaba terminando mí tarea de escritor (de copista) me hacía notar a mi mismo que por eso podía ir a la cárcel, y me preguntaba, ¿por qué no lo has escrito en forma de novela en vez de hacer una obra dramática? Se me olvidó, me respondía. Y aún yo me contestaba, mete algún cambio para disimular, anda. Y yo claro, solícito conmigo mismo, decidía saltarme la penúltima escena y buena parte de la última (ahora me doy cuenta que así sucede en Vampir-Cuadecuc). Hm, está bien, no sé si nos van a pillar, por suerte hemos cambiado el final.
Por otro lado, en mi vida he pasado de la decena de páginas de Rendre à Cesar (Dar al César), de Marguerite de Yourcenar.
No obstante, ahí me descubría, con el librito abierto a mi izquierda y el ordenador a mi derecha cogiéndome a mí mismo en flagrante delito de plagio. Todos los cambios se reducían a pasar la historia de la Italia de Mussolini, a la España de Franco (Francisco, no Jesús, se entiende) modernizando un tanto el lenguaje por el camino.
A las pocas horas, cuando ya estaba terminando mí tarea de escritor (de copista) me hacía notar a mi mismo que por eso podía ir a la cárcel, y me preguntaba, ¿por qué no lo has escrito en forma de novela en vez de hacer una obra dramática? Se me olvidó, me respondía. Y aún yo me contestaba, mete algún cambio para disimular, anda. Y yo claro, solícito conmigo mismo, decidía saltarme la penúltima escena y buena parte de la última (ahora me doy cuenta que así sucede en Vampir-Cuadecuc). Hm, está bien, no sé si nos van a pillar, por suerte hemos cambiado el final.
Por otro lado, en mi vida he pasado de la decena de páginas de Rendre à Cesar (Dar al César), de Marguerite de Yourcenar.
Va de vampirs
Cito verbatim a Rosario Girondo, matrónimo del narrador que escribe un diario personal que resulta ser El mal de Montano, la novela de Enrique Vila-Matas: “lo que voy a contar puede parecer una coincidencia muy curiosa o una casualidad muy casual”.
Digo que cito pero ni siquiera sé si estoy citando al narrador, inventado por Vila-Matas, que utiliza el nombre de su madre para escribir un diario personal, o al propio Vila-Matas que utiliza el matrónimo de un narrador indefinido para escribir un diario personal. Puedo intuir sin embargo que poco importa. Pensará el lector que, sea quien sea, no dejo de citar a Vila-Matas que estará al final de la cadena de voces impostadas. Pero es que es El mal del Montano un diario-novela atravesada por lanzas literarias, una novela llena de agujeros que abren al más atrás, que buscan desesperadamente el orígen, huecos que abren a otras voces donde el propio Vila-Matas se convertiría por momentos en un muñeco, un ventrílocuo que recita Hamlet, animado por Shakespeare, claro. Shakespeare impostando la voz de Hamlet impostando la voz de Vila-Matas impostando.
Sea cual sea la identidad de quien nos habla, de quien se dirige a nosotros dirigiéndose a su diario íntimo, lo cierto es que Rosario Girondo, que nace como Enrique Vila-Matas en 1948 en Barcelona, confiesa parecerse peligrosamente a Christopher Lee cuando hace de vampiro. Debe querer decir Rosario que se parece al Conde Drácula cuando lo interpreta el individuo Christopher Lee. En fin, es el mundo de Rosario un mundo de parecidos, como el de su mejor amigo, Felipe Tongoy, la viva imagen de Nosferatu.
Un inciso.
Estoy sentado en el sofá escribiendo estas líneas. Entretanto voy echando un ojo a una serie, no muy interesante pero entretenida, Moonlight, de vampiros. (Un poco reaccionaria). (Espero ansioso True Blood).
Leo estos días El mal de Montano. Leo sobre Nosferatu y sobre Christopher Lee y, fíjate qué coincidencia más curiosa o qué casualidad más casual que, hoy, me he encontrado a éste último. Estaba allí, en la pantalla, el fantasma-Lee que interpretaba al fantasma-vampiro y que acababa convirtiendo al Conde Drácula en, como mínimo, un fantasma al cuadrado, la apariencia de una ilusión.
A Lee lo he conocido en Vampir-Cuadecuc (1970), de Pere Portabella. Interpretaba por enésima vez a Drácula, en esta ocasión en una película de Jesús Franco que se rodó en Barcelona. Mientras Franco, Jesús, filmaba su película, Portabella y su equipo rodaban el rodaje para recrear la historia de nuevo, para hacer su propia película revelando en el mismo movimiento todos los trucos del género. Pese a todo, el filme no se agota con ese desvelo, con esa insistencia en romper la ilusión mostrando sus entrañas, sino que coquetea con el juego de espejos infinito cuando vampiriza una película que vampiriza la novela de Bram Stoker que a su vez se apropió de una leyenda popular sobre Vlad Tepes, el empalador, en su tiempo una persona de carne y hueso y ahora como máximo un personaje de carne y hueso. Y aún, el filme, no agota ahí toda la sangre que puede ofrecer, porque lo que parece proponerse por debajo de sus imágenes alucinadas es la relación entre el vampirismo y la imagen. Aunque no voy a seguir por aquí hoy. Mi intención era tan solo poner de manifiesto la relación azarosa que se ha establecido entre una novela y una película, una relación que se ha establecido gracias a mí y en mí y por mí.
Yo mismo soy el hilo. Yo soy la relación.
Me despediré de la película apuntando lo angustioso que resulta siempre ver una película de Pere Portabella. El caso que nos ocupa, Vampir-Cuadecuc, es una película de imagen y de textura, una película de contemplación. Tiene tanta fuerza que el celuloide se apropia del espectador, lo hace desaparecer en el material, sume al espectador en el arrebato (¿Otra película de vampiros?). Aunque si digo que es angustioso es más bien por las interferencias de lo inteligible en lo sensible y de lo sensible en lo inteligible. He esbozado muy sumariamente los temas que toca el filme para más adelante defender que el espectador se pierde sin mucho esfuerzo en sus formas que devienen por instantes abstractas. Lo angustioso es entonces la apelación intelectual que hace el filme al espectador cuando éste sólo querría abandonarse a lo sensible. Por el contrario, cuando éste consigue montarse en una veta interpretativa, la ansiedad la provoca la imposibilidad de seguirla por la irresistible llamada de la belleza de lo sensible. Ya lo dije en su día en relación a El silencio antes de Bach (2007), en Portabella lo bueno y lo bello, lo sensible y lo inteligible, se cortocircuitan constantemente.
Me despediré de la novela preguntándome por qué en una novela sobre la voz y el origen Enrique Vila-Matas se obsesiona tanto con los parecidos. ¿Estará también haciendo referencia a la relación entre el vampirismo y la imagen? ¿Qué hay de vampírico en el o lo parecido? Y por último pero no menos importante, salvando las edades, ¿quién se parece más a Christopher Lee, Enrique Vila-Matas o Josep Maria Català?


Digo que cito pero ni siquiera sé si estoy citando al narrador, inventado por Vila-Matas, que utiliza el nombre de su madre para escribir un diario personal, o al propio Vila-Matas que utiliza el matrónimo de un narrador indefinido para escribir un diario personal. Puedo intuir sin embargo que poco importa. Pensará el lector que, sea quien sea, no dejo de citar a Vila-Matas que estará al final de la cadena de voces impostadas. Pero es que es El mal del Montano un diario-novela atravesada por lanzas literarias, una novela llena de agujeros que abren al más atrás, que buscan desesperadamente el orígen, huecos que abren a otras voces donde el propio Vila-Matas se convertiría por momentos en un muñeco, un ventrílocuo que recita Hamlet, animado por Shakespeare, claro. Shakespeare impostando la voz de Hamlet impostando la voz de Vila-Matas impostando.
Sea cual sea la identidad de quien nos habla, de quien se dirige a nosotros dirigiéndose a su diario íntimo, lo cierto es que Rosario Girondo, que nace como Enrique Vila-Matas en 1948 en Barcelona, confiesa parecerse peligrosamente a Christopher Lee cuando hace de vampiro. Debe querer decir Rosario que se parece al Conde Drácula cuando lo interpreta el individuo Christopher Lee. En fin, es el mundo de Rosario un mundo de parecidos, como el de su mejor amigo, Felipe Tongoy, la viva imagen de Nosferatu.
Un inciso.
Estoy sentado en el sofá escribiendo estas líneas. Entretanto voy echando un ojo a una serie, no muy interesante pero entretenida, Moonlight, de vampiros. (Un poco reaccionaria). (Espero ansioso True Blood).
Leo estos días El mal de Montano. Leo sobre Nosferatu y sobre Christopher Lee y, fíjate qué coincidencia más curiosa o qué casualidad más casual que, hoy, me he encontrado a éste último. Estaba allí, en la pantalla, el fantasma-Lee que interpretaba al fantasma-vampiro y que acababa convirtiendo al Conde Drácula en, como mínimo, un fantasma al cuadrado, la apariencia de una ilusión.
A Lee lo he conocido en Vampir-Cuadecuc (1970), de Pere Portabella. Interpretaba por enésima vez a Drácula, en esta ocasión en una película de Jesús Franco que se rodó en Barcelona. Mientras Franco, Jesús, filmaba su película, Portabella y su equipo rodaban el rodaje para recrear la historia de nuevo, para hacer su propia película revelando en el mismo movimiento todos los trucos del género. Pese a todo, el filme no se agota con ese desvelo, con esa insistencia en romper la ilusión mostrando sus entrañas, sino que coquetea con el juego de espejos infinito cuando vampiriza una película que vampiriza la novela de Bram Stoker que a su vez se apropió de una leyenda popular sobre Vlad Tepes, el empalador, en su tiempo una persona de carne y hueso y ahora como máximo un personaje de carne y hueso. Y aún, el filme, no agota ahí toda la sangre que puede ofrecer, porque lo que parece proponerse por debajo de sus imágenes alucinadas es la relación entre el vampirismo y la imagen. Aunque no voy a seguir por aquí hoy. Mi intención era tan solo poner de manifiesto la relación azarosa que se ha establecido entre una novela y una película, una relación que se ha establecido gracias a mí y en mí y por mí.
Yo mismo soy el hilo. Yo soy la relación.
Me despediré de la película apuntando lo angustioso que resulta siempre ver una película de Pere Portabella. El caso que nos ocupa, Vampir-Cuadecuc, es una película de imagen y de textura, una película de contemplación. Tiene tanta fuerza que el celuloide se apropia del espectador, lo hace desaparecer en el material, sume al espectador en el arrebato (¿Otra película de vampiros?). Aunque si digo que es angustioso es más bien por las interferencias de lo inteligible en lo sensible y de lo sensible en lo inteligible. He esbozado muy sumariamente los temas que toca el filme para más adelante defender que el espectador se pierde sin mucho esfuerzo en sus formas que devienen por instantes abstractas. Lo angustioso es entonces la apelación intelectual que hace el filme al espectador cuando éste sólo querría abandonarse a lo sensible. Por el contrario, cuando éste consigue montarse en una veta interpretativa, la ansiedad la provoca la imposibilidad de seguirla por la irresistible llamada de la belleza de lo sensible. Ya lo dije en su día en relación a El silencio antes de Bach (2007), en Portabella lo bueno y lo bello, lo sensible y lo inteligible, se cortocircuitan constantemente.
Me despediré de la novela preguntándome por qué en una novela sobre la voz y el origen Enrique Vila-Matas se obsesiona tanto con los parecidos. ¿Estará también haciendo referencia a la relación entre el vampirismo y la imagen? ¿Qué hay de vampírico en el o lo parecido? Y por último pero no menos importante, salvando las edades, ¿quién se parece más a Christopher Lee, Enrique Vila-Matas o Josep Maria Català?



Suscribirse a:
Entradas (Atom)